Una puerta se abre. El interior responde en primera persona: Escribo. Leo. Comparto. Por ello, el tiempo es menos despiadado conmigo

Una Luciérnaga en mí

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Dibujo de Roxana
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lunes, 5 de julio de 2010

Emilio Lledó: el señorío de un Maestro

Haciendo zapping de domingo tuve el placer magnífico de tomar contacto con un filósofo, pero ante todo un hombre, pero ante todo un ser sensible, a quien no conocía: Emilio Lledó.

Por simple muestra de gratitud (¿qué podría uno entregarle a un Maestro que abre la conciencia, despierta saberes dormidos y una plena magnitud de lo pequeño del ser humano?), dejo un fragmento de una de sus columnas en el diario El País.

Hombre de pueblo, sensible y cauto, maestro capaz de poner en manos del alumno su propio aprendizaje para sólo acompañarlo, en la eternidad de la filosofía, en la instantánea de la palabra. Hombre con esa palabra como arma y con el conocimiento como bandera, sin snobismos ni idolatrías.

 Hay mucho material suyo para leer, pero siendo, como soy, una convencida de que los libros son el recorrido que nos permite crecer sin custodia, hacia la libertad del pensamiento, dejo aqui un fragmento sobre la Necesidad de la Lectura, que capta en cierto modo sus palabras de la entrevista de ayer (que hablaron de mucho y variado).




"La lectura, los libros, son el más asombroso principio de libertad y fraternidad. Un horizonte de alegría, de luz reflejada y escudriñadora, nos deja presentir la salvación, la ilustración, frente al trivial espacio de lo ya sabido, de las aberraciones mentales a las que acoplamos el inmenso andamiaje de noticias siempre las mismas, porque es siempre el mismo nuestro apelmazado cerebro. Los libros nos dan más, y nos dan otra cosa. En el silencio de la escritura cuyas líneas nos hablan, suena otra voz distinta y renovadora. En las letras de la literatura entra en nosotros un mundo que, sin su compañía, jamás habríamos llegado a descubrir. Uno de los prodigios más asombrosos de la vida humana, de la vida de la cultura, lo constituye esa posibilidad de vivir otros mundos, de sentir otros sentimientos, de pensar otros pensares que los reiterados esquemas que nuestra mente se ha ido haciendo en la inmediata compañía de la triturada experiencia social y sus, tantas veces, pobres y desrazonados saberes.
La literatura no es sólo principio y origen de libertad intelectual, sino que ella misma es un universo de idealidad libre, un territorio de la infinita posibilidad. Los libros son puertas que nadie podría cerrarnos jamás, a pesar de todas las censuras. Sólo una censura sería realmente peligrosa: aquella que, inconscientemente, nos impusiéramos a nosotros mismos porque hubiéramos perdido, en la sociedad de los andamiajes y los grumos mentales, la pasión por entender, la felicidad hacia el saber.
Toda verdadera liberación, todo gozo de vivir y de sentir, empieza en nuestra mente. Y esa mente, parte ideal de nuestro cuerpo en la prodigiosa red de sus neuronas, requiere también alimentación y sustento. Las palabras son la sustancia de las que la inteligencia se nutre. Y esas palabras vienen engarzadas en la original sintaxis de la literatura. Un mundo hecho lenguaje, argumentado y construido desde un infinito espacio donde todo el decir, todo el sentir, es posible. Pero un mundo, además, que, en su soledad, en su maravillosa inocencia y libertad, ya nadie manipula, nadie tergiversa, nadie puede ya falsear y alterar. 

Las palabras de la obra literaria están libres también de todo compromiso con los latidos del presente, con los desgarros de la pragmacia, con las insinuaciones del oportunismo y de la doblez. Pero, al mismo tiempo, nos comprometen con un mundo más hermoso -quiero decir de "formas" más claras-, con el mundo ideal de los sueños en su múltiple, dispar, idealidad de sus inacablables propuestas. La literatura nos enseña a mirar mejor este mundo de las cosas aún no bien dichas, estos contornos históricos inmediatos de los balbuceos políticos, de los apaños para justificar el egoísmo envilecido, de las trampas para conformarnos a vivir con la desesperanza de que lo que hay ya no da más de sí.

Tendríamos que agradecer a todos esos escritores que nos acompañan, en el siempre breve espacio de nuestra vida, el que nos hayan entregado sus palabras que construyen una humana manifestación de eternidad. Una eternidad que no promete otra existencia más allá de las fronteras de cada vida y que, en el gozo de leer, en las horas de lectura, nos deja esquivar las paredes del tiempo y acariciar en los silenciosos murmullos de las letras, las espaldas de no sé bien qué especie de inacabada amistad"

Aquí puedes encontrar la entrevista completa

domingo, 13 de junio de 2010

Yves Bonnefoy o la poesía reveladora del ser

Tan apasionante como sumergirse en la Poesía de Yves Bonnefoy, es bucear en sus ensayos y en sus entrevistas. En todo encontramos referencias de una validez reflexiva y perenne, disparador del pensamiento y la palabra, para aquello que amamos quienes intentamos la poesía a cada paso.


No puedo sugerir bibliografía pero sí puedo dejar un poema, el que me llevó a Yves a través de mi amiga Roxana Arrázola, mi átomo mexicano, quien me azuza con poesía cuando adolezco de silencio.

Alguna vez, a su pedido, le puse voz a éste poema de Bonnefoy. Un atrevimiento, creo hoy.

Entonces, fue un salvavidas.

Disfrutad de este poema y con una imaginable copa de vino, saludo en domingo a quienes agradezco pasar por este rincón de palabras.






I
Y ahora tú eres Douve en la última alcoba del verano.

Una salamandra huye por la pared. Su suave cabeza de hombre
expande la muerte del verano. "Quiero hundirme en ti, vida
estrecha", exclama Douve. "Relámpago vacío, recorre mis labios,
penétrame."

"Me gusta cegarme, entregarme a la tierra. No quiero saber nunca
más qué dientes fríos me poseen."

II

Toda una noche te soñé transformada en madera, Douve, para
mejor ofrecerte a la llama. Y estatua verde revestida de corteza,
para mejor gozar de tu cabeza luminosa.


Sintiendo bajo mis dedos la disputa de la lumbre y los labios:
vi que me sonreías. Pero me cegaba esa gran luz de las brasas en ti.

III
"Mírame, mírame he corrido!"

Estoy junto a ti, Douve, y te ilumino. Ya no hay entre nosotros
más que esta lámpara de piedra, ese poco de sombra apaciguada,
nuestras manos que la sombra espera. Salamandra sorprendida,
permaneces inmóvil.

Habiendo vivido el instante en que la carne más próxima se
transforma en conocimiento.

IV
Así permanecimos despiertos en lo más alto de la noche del ser.
Un arbusto se quebró.

Ruptura secreta, ¿con qué pájaro de sangre circulabas por
nuestras tinieblas?

¿A qué habitación venías en la que se agravaba el horror del
alba en los cristales?

 



(Del movimiento y la inmovilidad de douve)