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| Imagen tomada de la red, desconozco autor |
Los ojos se le destiñeron en la lejía del horizonte vacío.
Una tarde más, el viento formaba remolinos en el sendero que traía silencio desde las laderas bajas que rodeaban el monte de pinos. El sol se mezclaba con la tierra que se levantaba junto a hojas y briznas de hierba, y un silbido quejumbroso rompía el silencio.
En la parte del cielo que se unía al horizonte, las nubes iban adquiriendo el tizne rosado del atardecer, mezclado con el ceniciento que se evaporaba junto al humo de su tabaco.
Como cada día, la buscó en cada rincón pero no pudo hallarla. Sin embargo, seguía viva allí.
Desde el porche de su casa, veía como el universo entero iba cayendo a pedazos en brazos de la noche.
Un pájaro agorero se posó en la misma rama de la que pendía la hamaca de sus hijos. Todos mayores. Todos lejos. Todos ajenos a su soledad.
Al levantarse, la mecedora crujió y el pájaro voló. Tiró la colilla y la aplastó con su bota. Un sonido lejano se fue haciendo más próximo.
Levantó la vista pero la oscuridad se había adueñado de todo.
Volvió a sentarse y, mientras se mecía, encendió otro cigarro.
El sonido cada vez más próximo. Su cigarro consumiéndose junto con sus pensamientos.
Ahora, el sonido se convirtió en el ronroneo de un motor. Y junto a la claridad que permitía identificarlo, se fue haciendo una luz débil en la curva que trazaba el camino comarcal con el sendero que llevaba a su finca.
Tocó bajo la pequeña mesa que sostenía un viejo florero vacío. El arma estaba allí, como siempre.
Se acomodó en el respaldo y cerró los ojos.
El coche se aproximó al portón y desde allí, pudo sentir con nitidez el cerrarse de la portezuela del coche.
Ahora, unos pasos que, sin urgencia, avanzaban por el camino de grava, denotaban la tranqulidad de quien conoce el terreno y no teme a la oscuridad.
Cuando tocó el cuerpo frío del arma despertó. Allí estaba otra vez. Sólo, en su mecedora, a oscuras en medio de la nada.
El horizonte seguía estando vacío. La noche volvió a tenderse boca abajo cubriéndolo todo. sin embargo, algo en él supo que nunca más estaría solo del todo.
